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junio 04, 2016

DON PERFECTO Y DOÑA PERPETUA

junio 04, 2016 21 Comments

El cielo amaneció empedrado de grisácea humareda, nada apetecible para acudir a su trabajo de luthier, que durante tanto tiempo le ocupaba la mayor parte del día. Era todo un personaje muy querido y popular entre los parroquianos que acudían siempre para que les ayudase, como cuando algún instrumento de cuerda se les estropeaba. Se le conocía como Don Perfecto, que además de ser su nombre de pila también le hacía honor a su forma de ser tan limitada a estar siempre seguro de que ningún imprevisto pudiera ocurrirle, ni que sus imaginarios defectos pudieran revelarse.

Al comienzo de su jornada entró la mujer del enterrador, doña Perpetua, cuyo nombre también decía mucho a su favor pues daba la impresión de que no pasaban los años por ella y su aspecto era el de una jovencita.
Venía para entregarle una vieja y destartalada guitarra que en noches de luna clara y cuando su voz no desafinaba, entonaba preciosas melodías inacabadas, que al bueno de su marido, le hacían sollozar.

--Buenos días, doña Perpetua, déjeme que le eche un vistazo a esa obra de arte, que para mi supondrá un gran reto devolvérsela a su primitivo estado. Por cierto, luce usted hoy cual "bocatto di cardinale" en ayuno y penitencia, que es como hoy me siento en su presencia, más no quisiera propasar el altar de su decencia y me limito a callar.

--¡No faltaba más! Mi querido don Perfecto, revíseme...¡Oh, perdón! Revísela las veces que haga falta y luego usted verá qué solución tiene. Yo, lo que puedo decirle es que aprender a mi edad el solfeo, no lo veo prudente, por eso siempre me dejo llevar por mi propia voz interior que me dice que hago bien tocándola al tún tún. Tampoco es ningún disparate, porque al fin y al cabo el único que me escucha es mi marido y está más sordo que una tapia.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados