¡B I E N V E N I D O S!. . . . . M U C H A S__G R A C I A S__P O R__E N R I Q U E C E R__M I S__T E X T O S__C O N__V U E S T R O S__C O M E N T A R I O S.
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noviembre 19, 2017

La familia Confite

noviembre 19, 2017 52 Comments
Queridos compañeros de letras y seguidores de este blog, llegó el momento de haceros olvidar los problemas cotidianos y sumergiros en este mundo del humor, donde únicamente las risas o las sonrisas son las protagonistas. ¡Que lo disfruteis!



La familia Confite, gozaba de un gran renombre en aquella ciudad de provincias situada en un entorno privilegiado por la bonanza de su clima templado y el majestuoso paisaje de su bosque tropical. Sus vecinos llevaban una vida sosegada dedicándose a la agricultura y a otros menesteres. 

Situada en una céntrica calle, se encontraba un gran edificio de tres plantas con vistas a dos calles, realizado en piedra maciza con revestimiento de mármol rosa jaspe en su fachada. Dicho inmueble era propiedad de la familia Confite, quien a su vez regentaba una pastelería que gozaba de gran reputación no sólo de los vecinos de Tropilandia, que así se llamaba esta ciudad, sino también de otras ciudades lindantes, cuyos habitantes solían desplazarse para adquirir todo tipo de productos artesanos en ocasiones especiales y festejos populares.
El establecimiento de los Confite, como popularmente se les apodaba, se hallaba en la primera planta a ras de suelo, constaba de dos amplios escaparates y una puerta de madera acristalada, enmarcada entre ambos, con dos largos tiradores verticales de metal. Su interior era muy coqueto y acogedor, con un mostrador de madera de roble y cristal antiguo, así como numerosas estanterías repletas de cajas de bombones, muñecos de felpa rellenos de golosinas, jarrones de flores, tarros de cristal con caramelos y cestos de mimbre para regalo. También había varios expositores de cristal donde los clientes podían recrear su vista y paladar con las mejores creaciones pasteleras de la casa.
Cándido, que así se llamaba el dueño o el pastelero, tenía un carácter dócil y apacible, mientras que su mujer, Leoncia, hacía honor al nombre, por lo que tenía muy mal genio y además autoritaria. Con el matrimonio vivía también su madre, doña Gertrudis, una anciana que no aparentaba la edad, con un carácter entremezclado de jovialidad y tozudez, a la que le gustaba incordiar y meterse en medio de la pareja, pues aunque habían pasado muchos años desde que su "niña" se había casado, para ella no contaba nada más que su afán por protegerla.


A eso de las 7 de la mañana comenzaba su jornada laboral en el obrador situado a espaldas de la tienda y donde estaba toda la maquinaria industrial necesaria para aquellas labores que tan primorosamente efectuaba la familia al completo: Cándido como supervisor y artista de los suculentos manjares, Leoncia ordenando a diestro y siniestro cada acción, cada pedido, cada pauta y Doña Gertrudis poniendo peros y echando leña al fuego del horno y al de la pareja. 
Un rato más tarde de prisa y corriendo, van desayunando de pie, con las magdalenas a medio tragar y mascullando los primeros improperios como habituales saludos matutinos.

—¡Cagüen en Dios, estoy hasta los cojo...de ti! Hay que contratar a una chica para que me eche una mano, porque contigo Leoncia y con la bruja de tu madre, no puedo trabajar y mira que te lo he advertido mil veces, pero nada, tú a lo tuyo y tu madre a darte siempre la razón. 

—Mira gandul, Leoncia, te quiere más de lo que te imaginas, lo que ocurre es que eres un pendón y ahora se te ha metido en la cabeza buscar a una moza que nos hunda el negocio, porque vaya a saber con qué intenciones puede venir. ¡Ay Santa Rita bonita, líbranos del mal! ¡Ay Señora de los desamparados! ¡Ay San Judas no me falles esta vez!...¡Ayyy...qué mala me estoy poniendo! ¡Traime las pastillas, hija mía, que me da el vahído!

—¡Eres un desgraciado, no ves lo pálida que se me ha puesto mi madre! ¡Anda tunante, vete a su cuarto y trae el bote de pastillas que está encima de la mesita! ¡No me hagas perder más los nervios, que no respondo de mis actos! ¡Granujaaa...!

—¡Ya voy, Leona! Y a ver si te metes la lengua por donde te salen esos ventorros que un día van a derrumbar el edificio.

Tras unos minutos de confusión y pérdida de tiempo, volvieron como si nada hubiera ocurrido a proseguir la faena, continuando el ritual de rigor ya mencionado antes y que conocía, mejor que nadie, el vecindario, por las voces que traspasaban los muros y estremecían los oídos de los viandantes.
Pasaron algunas semanas, hasta que el hombre de la familia, pegó un puñetazo en la mesa y dijo secamente: "O contratamos a alguien o me voy de casa y te quedas con la urraca de tu madre." Ante semejante prueba de valor y desplante, con el que no contaban ellas, no les quedó más remedio que achantarse y morderse los labios antes de hablar.
No tardó mucho tiempo en incorporarse al grupo de trabajo, una chica pizpireta y descarada, a la que se le conocía con el sobrenombre de Sabrina, por sus prominentes senos y figura escultural. Sobra decir el malestar y disputas que tal decisión les ocasionó.


—No podías haber buscado otra operaria y no a esta guarra, porque ya me dirás tú a mi, pánfilo, si no hay chicas en esta ciudad dispuestas a trabajar con nosotros, pero nada, tú a lo tuyo, a hacernos la vida imposible a mi madre y a mi. ¡Menudo zorro estás hecho! ¡Nos vas a matar a disgustos!

—Venga, no te hagas la mártir, que para una vez que elijo, ni siquiera me dejas tranquilo. Sabrina, se queda y punto, o ya sabes lo que te toca.

—Sabrina se queda, pero con una condición, a esa pájara le voy a poner un uniforme. Si, uno que usaba mi madre cuando era joven.

—Ya estamos otra vez con tus chifladuras. Seguro que la quieres convertir en una momia como tú. 

—Esta vez te toca aguantar la vela, porque como te pongas farruco, vas a comer cebollinos y dormir en el sofá de mi madre, porque lo que es conmigo olvídate. Asi que ándate con cuidado besugo y no me seas tarugo.

De nuevo los reproches se alojaron como testigos mudos en aquella estancia, hasta que Gertrudis intervino: "Ya está bien, pareceis dos críos a la greña. Se acabó la fiesta, ahora mismo haceis las paces y aquí paz y mañana gloria." 

La clientela aguardaba impaciente la apertura de la tienda a eso de las 8 de la mañana, deseando abastecerse de la bollería para el desayuno y algunos otros caprichos para los más golosos. El aroma característico de los bizcochos, croissants, magdalenas, ensaimadas, napolitanas, palmeras, bollos suizos, etc. atraía como abejas al panal, a un buen número de parroquianos, a los que incluso les divertía observar las trifulcas que armaban detrás del mostrador, pues tampoco se ponían de acuerdo a la hora de cobrar, mientras Cándido sumaba el total, Leoncia y Gertrudis lo distraían queriendo repasar la cuenta, hasta que el hombre perdía los nervios y salía de la tienda dando un portazo o tropezando con el paragüero que estaba allí delante de la puerta.


Algunos asiduos hacían apuestas para ver si aquel día tropezaba o no, pero lo peor era cuando se quedaba atascado entre el marco y la alfombrilla de la entrada, dando bandazos en el aire antes de desplomarse al suelo, en ese caso las apuestas subían de precio y los más avispados ayudaban levantando la alfombra con disimulo, para que Cándido resbalase con más facilidad.

Lo que nadie sospechaba y era el mejor secreto guardado por Cándido, es que cada vez que pegaba portazos y se marchaba como alma que lleva el diablo, se acercaba a una carnicería que regentaba otro vecino, Gregorio, con el que siempre había mantenido un trato especial, incluso cuando iban juntos al colegio. Algo ocurría allí en la trastienda, porque al poco rato de su llegada, entre aquellas paredes se escapaban por las resquicios de la ventana, constantes gemidos, murmullos y gritos desenfrenados. 

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

octubre 25, 2016

El Circo Extraordinario

octubre 25, 2016 30 Comments

LeRoy Neiman - Animales de circo (abstracto)

Madames et monsieurs, ladys and gentlemen, señoras y señores, niños y niñas.... ¡¡Bienvenidos al Circo Extraordinario!! 

Si están sentados en un sillón, sofá, silla, mecedora, banco, banqueta, butaca, trono, pupitre, piedra, asfalto, tierra, césped, agua, en el salón de su casa, en el parque, en el aula, en la playa, en el laboratorio, en la consulta, en la biblioteca, en el parque, en la calle, en el cine, en el coche, en el teatro, en la sala de reuniones, en la oficina, en la plaza .... ¡¡Levanten sus reales posaderas y acérquense con premura al circo!!

¡Dejen lo que están haciendo! ¡Olvídense por unos momentos de esa pesada y aburrida rutina! ¡No le den más vueltas y acudan prestos al circo!

Amigo conductor acelere y acabe pronto con la clientela, entréguele nuestras entradas con descuento y si le cuentan un cuento para excusarse pegue un frenazo y si no se bajan los clientes no se apure y rómpales los dientes. 

Querida secretaria súbase a la mesa y diga en alto: ¡Esto es un asalto! Cuando los compañeros le oigan y le imiten en su "gesta", tomen las de Villadiego por la nacional quinta y a su paso por Fuenteovejuna desplieguen todos a una sus pancartas, subiéndose a la planta cuarta del Congreso del Trabajador para venir todos juntos a la increíble función.

Distinguida dama, en salto de cama, deje ya de joder la marrana que en su lecho ya no hay flores ni tampoco mal de amores que tenga que consolar. Vístase de diario sin buscar en el armario aquel vestido de antaño que ya demudó el color y ni con calzador le entra en sus carnes rebosantes de lechón. Reúnase con sus amigas y anímeles a olvidarse de los pañales, del pollo del congelador, de las compras en el hiper, de la prueba del embarazo o del vecino de abajo, porque lleva bajo el brazo un buen puñado de entradas para acudir al evento.

Caballero del sombrero o de la calva, ¿dónde va tan despistado con aires tornasolados y harto de trabajar?... ¿Dónde quedó la gloria que ya no está en su memoria de aquellos tiempos sutiles, livianos y tan afables que traicioneramente ya no volverán?...  La felicidad le espera, búsquela en sus bolsillos, pues allí están nuestras entradas que anoche de madrugada le entregamos en el pub. No se olvide de invitar a sus familiares, compañeros y vecinos a este gran circo.

Niña, niño que estás jugando con la pelota en el parque, en tu barrio o en tu escuela, ya deja de dar patadas y de hacer cabronadas a los pobres profesores, padres o educadores, que soportan con paciencia tu mal genio e insolencia. Infantes criaturas golosas, caprichosas y amorosas ¡la función ya está a punto de comenzar!

Desde el norte en transporte, desde este aunque cueste, desde el oeste pedestre, desde el centro hasta el encuentro y desde el sur con glamour ¡acudan todos al circo, que ya se levanta el telón!

Pero antes unos consejos para que se queden perplejos y no les de tiempo a pensar:

Gran oferta de 4 pares de calcetines de lana gruesa para las noches de invierno al raso, que por supuesto no son ocho, sino dos calcetines encontrados en la lavadora y sin sus correspondientes parejas. Si los compra con tarjeta no hay problema porque seguiremos cobrándole los cuatro pares + gastos de envío.

Chalet confortable con vistas a la vía del tren, goteras al por mayor, tres perros guardianes rabiosos y sin vacunar, una vecina ciega de comer y sorda de profesión, otro vecino atleta y campeón del sillón ball, terraza cubierta de telarañas y con piscina cubierta de mugre y una asamblea de ranas. ¿A qué espera?... ¡Hágase con esta ganga ya!

Fantástico coche deportivo con andador incorporado, frenos de disco techno-trance, luces de bohemia, motor de paro con cinco cilindros parabellum, sillones de esparto con respaldo artrósico, volante para el médico de guardia si no está el otro, palanca de marchas fúnebres o de pompa y circunstancia y un seguro a todo riesgo inmediato. ¡Cómprelo hoy porque mañana estará ya de cuerpo presente!


¡¡Tachán, tachín, tachán!!  (sonido de fondo de la orquesta circense)... 


—Se acabaron los consejos y a disfrutar...aaaar...aaaarrrrrr del espectáculo!! —atronó el presentador ataviado de smoking con lentejuelas, un sombrero de copa negro con grandes alas vueltas y un largo bastón negro rematado por una empuñadura a modo de pequeña bola de billar.

Tenemos el gusto de presentarles en primer lugar a nuestro funambulista Vladimir, llegado de más allá de las montañas del Cáucaso, fíjense en sus asombrosas piruetas en el alambre de hojalata ecológica reciclable, sus acrobacias en el aire sin paracaídas y presten mucha atención a su salto mortal irrepetible y único siguió anunciando el presentador.

—¡Dios mío, he visto pasar una albóndiga humana por encima de mi cabeza! —exclamó asombrada, una mujer sentada en la primera fila del público, que a su vez fueron sumándose otras voces y otras más, hasta que por fin se escuchó un estruendo y algunos niños empezaron a llorar al ver aquella horripilante imagen de Vladimir destripada y ensangrentada en las últimas filas de las gradas.

Pueden cambiarse de asiento, la parte del público que ha presenciado en directo la caída mortal de nuestro artista. ¡Lástima que solo nos haya durado unos minutos y les haya ensuciado sus butacas! ¡Continúa la función!—les informó una voz en off.

—Distinguido público de la sala, damos paso a las Hermanas Ching Punk Chei, llegadas del Japón y ataviadas con sus flamantes y vistosos quimonos, que seguidamente les van a ofrecer su espectáculo de malabarismo, único en el mundo, donde sus componentes tratarán de lanzar girando en el aire unas cuantas docenas de huevos que lograrán acabar estampándose en sus extremidades, por si acaso cúbranse la cabeza no vaya a ser que alguno de esos huevos saltarines les alcance... Por último finalizarán con un atrevido número de malabarismo con bates de béisbol macizos que se lanzarán unas a otras sin perder la sonrisa y el compás —comentó el presentador en tono grave y solemne.

No había transcurrido mucho tiempo, cuando en el escenario quedaron tendidos los cuerpos magullados de las audaces malabaristas... Rápidamente un equipo de camilleros los fueron retirando mientras la orquesta interpretaba la marcha fúnebre de Sigfrido de Wagner... 

—Disculpen, pero el espectáculo debe continuar. ¡No se pierdan el gran sorteo final —volvió a interrumpir aquella misteriosa voz en off.

—Prepárense para la siguiente actuación de nuestro intrépido domador de fieras salvajes, Hércules Musculator, toda una leyenda, pues ya no actúa como hombre sino como espíritu del Olimpo debido a un mortal ataque de un tigre de Bengala que lo devoró. Observen como las fieras se dedican a hacer calceta en sus jaulas mientras el indestructible domador hace ostentación de sus especiales y seductores encantos espectrales dispuesto a hipnotizar a quienes le miren de frente sin hacerle reverencia —dijo el presentador con su habitual tono de voz.

Tras reponerse del trance tomando unos refrescos en el intermedio, continuamos hasta la recta final para los más insensatos que aún siguen con nosotros interesados por participar en el fabuloso sorteo —volvió a intervenir con socarronería aquella voz en off.

—Seguidamente serán testigos silenciosos de nuestro número de magia con el formidable Tunantón pariente lejano de Tutankamón y uno de los más reconocidos prestidigitadorores en cientos de miles de kilómetros a nuestro alrededor. Por favor procuren estar atentos a sus carteras, bolsos, bolsillos, etc. porque no nos hacemos cargo del efectivo u objetos de valor que lleven consigo. Nuestro personal de asistencia al público pasará después a tomar nota de las denuncias que puedan producirse, disculpen las molestias y traten de calmar sus nervios —afirmó la voz del presentador.

—A continuación tenemos el disgusto de ofrecerles otra nueva actuación de nuestras melancólicas payasas viudas, sus rostros reflejan la tristeza y los tonos oscuros de su maquillaje invitan a la compasión y el sufrimiento. Sus patosos movimientos así como sus estúpidos chistes y esa música anodina con la que nos fastidiarán durante un buen rato, lograrán acabar con su paciencia o sumirles en un intenso carrusel de emociones a cual más desagradable —comentó sin inmutarse el presentador.

—Nuestra próximo show va a dar comienzo con la perturbadora presencia de Samantha Braille: la lanzadora de cuchillos, pariente del famoso creador del sistema de lecto-escritura para ciegos y heredera también de su pérdida de visión que haciendo honor a su valentía y coraje se ha convertido en un notable peligro público y toda una leyenda del circo. Les rogamos disculpen las molestias así como los daños colaterales que puedan derivarse, y para nuestro querido público masoquista que continúa tan complacido desde el principio, le acompañamos en su sentimiento placentero de dolor y espanto —volvió a anunciar el impávido presentador.

—Por último le toca el turno a nuestro invitado especial, Godofredo Pestilente o el hedor permanente, de ahí que se haya ganado a pulso el título de "el hombre torpedo", pues nadie ha logrado la increíble "hazaña" de vaciar su carga de gases intestinales o de fétidas pedorretas por encima de 2.500 milibares de presión, capaces de levantar del asiento a todo el público asistente y lanzarlo incluso al exterior de este recinto. De modo que les pedimos encarecidamente que se coloquen bien las máscaras antigás que les hemos dado a la entrada y procuren contener la respiración lo más posible, bueno si no lo consiguen del todo, tampoco se molesten mucho porque los efluvios de sus descargas atronarán la sala más que de ruido de gas, por consiguiente, los que quieran, pueden ya irse largando o aguantar el tipo para asistir finalmente al sorteo de un viaje con atractivo o atractiva acompañante a una isla paradisíaca para quedarse allí el tiempo que quieran —acabó diciendo el autómata presentador.

Madames et monsieurs, ladys and gentlemen, señoras y señores, niños y niñas.... Nos sentimos muy orgullosos de haberles podido ofrecer el mejor espectáculo del mundo donde solo unos pocos privilegiados han conseguido disfrutar de la velada, otros menos han sobrevivido con irreprochable estoicismo, mientras que la gran mayoría nos ha ido abandonando por su propio pie o con los pies por delante... ¡Toda una pesadilla que les acompañará incluso en el más allá!

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados



junio 10, 2016

Un día inolvidable

junio 10, 2016 28 Comments


Este relato participa en el concurso de Relatos "LOL I" de El Círculo de Escritores.


El día que Argimiro se quedó por fin solo en casa, debido al viaje que su mujer tuvo que realizar por motivos laborales, se frotó las manos pensando:

"Me libraré unos días de las cantinelas y reproches que mi caritina me endilga durante el desayuno, para que llegue al trabajo hecho un basilisco; que si el peque tiene un sarpullido por comer las galletas del dálmata o la niña ya ha empezado a menstruar, que mi nuera se ha vuelto a quedar embarazada y no tiene subsidio o que su madre le dice que soy infiel. ¡Qué manía me tiene esa urraca! ¡Y qué decir de doña Gertrudis apostada en el balcón inspeccionando con unos prismáticos a los vecinos que entran y salen del edificio".

Quería celebrarlo descorchando un exquisito caldo de "Cabernet Sauvignon St. Helena 2007", fumarse un habano, irse con su mejor amigo de juerga y andar desnudo en casa, que le subía el nivel de endorfinas y otras cosas. También podría encestar la ropa al desvestirse en el sillón, dejar escapar los pedos que le viniera en gana o ver películas porno. En esas estaba y como dios le trajo al mundo, cuando llamaron al timbre de la puerta. Dudó si abrir o no, aunque al escuchar la voz de doña Gertrudis notó que le temblaban las piernas y solo acertó a decirle que esperase un momento, pero la mujer parecía agobiada e insistió llamando de nuevo, lo cual aumentó sus pulsaciones por minuto:

-Argimiro, ayúdeme por favor, siento como una punzada en el pecho.

Notó un golpe seco y la voz de la mujer pareció extinguirse por completo. 

-¿Qué puedo hacer? -pensó.- Si estoy desnudo y ella padece del corazón- 

-¡Abra la puerta don Argimiro! ¡Soy el vecino del tercero! ¡Necesito ayuda para levantarla y llevarla a urgencias!.

-Si, claro, espere un momento.

-¿Cómo se le ocurre tener esa cachaza? con lo atenta que es doña Gertrudis. Déjese de chuflas y abra inmediatamente, se lo ordeno como agente de  la autoridad. -le dijo el subteniente Ramírez que ante su demora pegó una fuerte patada a la puerta hasta lograr abrirla.-

El cuadro era patético, doña Gertrudis estaba en el suelo completamente pálida, Ramírez sujetaba un abanico que le dio otra vecina recostada en el suelo tratando de auxiliarla, cuatro vecinas que acudieron con una jarra con agua y un vaso a rebosar, por si hacía falta, otras tres personas más, que aparecieron cuando nadie las llamaba, pero que casualmente pasaban por el rellano y escucharon el estruendo de la puerta, don Argimiro exhibiendo sus vergüenzas, atónito y sin emitir palabra, lo cual desconcertó a la vecina que tenía la jarra y acabó derramando su contenido encima de las tres personas que estaban delante sin perderse nada de lo que pasaba, debido a lo cual empezaron a emitir tal griterío que el subteniente se vio obligado a sacar un pañuelo que llevaba en el bolsillo y secarles la cara, suficiente excusa para que "distraídamente" resbalase las manos por el contorno de sus senos disimulándolo luego entre carraspeos, como si nada hubiera pasado. Ellas emocionadas por su "galantería" no le dieron importancia, al contrario, les había estimulado cierta necesidad física que tenían anestesiada desde hacía tiempo.

-¡Tápese que hay señoras delante! -exclamó el subteniente exaltado- lo que motivó que la mujer con el abanico en la mano le diera en los ojos a la que estaba de rodillas junto a doña Gertrudis, cayéndose encima de ella, circunstancia propicia para reanimarla.

-¡Qué bien armado anda usted, menudo instrumento!... ¡Hágame suya, don Argimiro
-suplicó doña Gertrudis, fuera de si-

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

Medalla de BRONCE en este concurso

marzo 27, 2016

Tres alegres campesinos

marzo 27, 2016 17 Comments

En un poblado medieval de una antigua isla anglosajona residían tres alegres campesinos que cultivaban sin descanso sus tierras en aquella verde campiña apartada por un extenso recinto fortificado donde residía la nobleza.

Meggy, que era una de aquellas lozanas campesinas que trabajaban con denuedo aquellas tierras de labranza, solía cultivar peras y otras frutas, aunque lo que más la gustaba era que sus peras crecieran sanas y muy, pero que muy grandes. Había logrado con mucho esfuerzo liberarse de la servidumbre que había mantenido de joven, puesto que tuvo que depender del marquesado, que regentaba aquellas tierras. Luego al casarse y enviudar tan joven, obtuvo la gracia de su noble Marqués, para tener una modesta vivienda en la aldea próxima y seguir libre su camino.
Lindando con su pequeña parcela, estaban a ambos lados situados, los terrenos de dos granjeros, Tielo que cultivaba aceitunas y Wilky que cultivaba trigo. Al primero le encantaba el sabor de las aceitunas, de ahí que las cultivara con mucho esmero, en cambio a Wilky lo que le preocupaba es que los pájaros no arruinasen sus cosechas, que con tanto sudor había logrado que fueran excelentes.

Cada mañana, todavía de noche, los tres labriegos solían levantarse muy temprano y recorrer a lomos de sus asnos, las decenas de leguas que separaban la aldea de sus plantaciones. Cada uno limpiaba de hierbajos e insectos las cosechas, las regaba con el agua que transportaba en grandes tinajas  desde un manantial cercano y de vez en cuando se alzaban de pie para reponerse de aquella incómoda postura agachada en la que permanecían tantas horas con el sol cayéndoles en vertical a su espalda. Entonces solían contarse los chismes de sus vecinos o de otros labriegos:

-¿Sabes que Bogumir se casó la otra semana y su mujer le acabó echando de casa sin ropa y montado en un burro ciego? -dijo jocosamente Winky, echándose unas carcajadas-

-¿Y eso por qué? -le preguntaba curiosa Meggy-

-Porque le había sido infiel hasta en diez ocasiones después de su boda y eso que solo llevaban casados menos de un mes -le respondió tosiendo irónicamente tras algunas pausas, con la intención de remarcar burlonamente cada idea.

-¿Cómo dices semejante barbaridad, Wilky? Conozco a ese buen hombre y jamás engañaría a su mujer, que es una astuta zorra y ella lo único que ha hecho es poderse quedar libre, para acostarse con otros hombres -afirmó muy enfadado Tielo, que sin duda era amigo de aquel desdichado jovenzuelo que tuvo que huir de la aldea para que no lo molieran a palos otros vecinos, sin duda esos amantes  con los que ella se acostaba en secreto-

En estas divagaciones se podían pasar tiempo repasando los rumores y cotilleos que circulaban de boca en boca, por mesones, bodegas o antros, a cual más sucio o descuidado. 

Más, pasaron los años y las tierras empezaron a mermar sus cosechas, por lo que pronto notaron la escasez de bienes y comida, los pájaros arruinaban el cultivo de trigo, se comían las aceitunas y dejaban diezmados aquellos frondosos perales, que Maggi con tanto esmero cultivó. No podían rendirse a la desgracia y se les ocurrió situar varios espantapájaros en sus tierras, pero lo malo es que los construyeron con unas cañas a modo de mástiles en cruz con harapos viejos, algunas frutas y verduras  y algo de paja para relleno. El resultado fue que poco a poco, los pájaros devoraron las frutas y verduras, desmoronándose los espantapájaros.

Tras este revés, volvieron a construir nuevos espantapájaros, donde ya no colocaron frutas ni verduras, pero en cambio los llenaron de cencerros y cascabeles para que con el movimiento pudieran espantar a las aves. Lo peor ya no fueron los pájaros, sino los chirriantes sonidos que en el silencio y oscuridad de la noche, si los vientos arreciaban como era habitual, se hacían oír a muchas leguas alrededor y tan molestos eran, que perturbaban a otros labriegos que dormían a la intemperie, o a tantos ladrones que frecuentaban esos territorios. Por lo que cierto día cuando los tres campesinos llegaron como de costumbre a sus tierras, en horas tan tempranas y envueltos en la oscuridad, al poco de bajarse de sus pollinos notaron tal cantidad de patadas, bastonazos y embates, por parte de sus malhumorados agresores, que entre los sonidos de los cencerros y cascabeles, sumados a los gritos y gruñidos de quienes les zurraban de lo lindo, empezaron a correr despavoridos pensando que aquellos espantapájaros se habían convertido en demonios decididos a acabar con sus tierras.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados