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noviembre 08, 2016

Andrés y Valeria

noviembre 08, 2016 30 Comments
Jesús Villar - Pareja de viejos

La leve brisa primaveral entró de golpe al abrir la ventana de la cocina en esas primeras horas del amanecer junto al bramido del mar en la lejanía cuando la aldea comenzaba a desperezarse del letargo del sueño, reuniendo a la escasa población, en esa crucial hora en torno a la mesa del comedor o de la cocina, dispuestos a reanudar la disciplina diaria. Andrés contemplaba ensimismado las fotografías enmarcadas, una al lado de la otra sobre la repisa de la ventana. De esta forma ella le miraba con aquellos ojos pizpiretos de los que se enamoró cuando apenas era un adolescente y le iba contando sus cuitas y cuánto la echaba de menos...

—Martín ya ha tenido otra niña y tiene tus mismos ojos. Dice que la pondrá de nombre Valeria, en tu honor, porque ya le conoces siempre estuvo bajo tus faldas, no era capaz de hacer algo por si mismo, siempre recurría a ti cuando tenía algún problema. Ya sé que también era tu niño preferido, pero eso no te daba derecho a hacerle tan dependiente. Siempre te critiqué que fuera tan blando de carácter porque de esa manera nunca podría hacerle frente a las vicisitudes de la vida, como cuando tuvo que alistarse en el ejército. ¡Menos mal que allí le enseñaron a hacerse un hombre!

Ella le escuchaba paciente desde la repisa y esto le gustaba, porque en vida, solían acabar sus pláticas enfadados y reprochándose mutuamente la falta de interés en poner remedio a todo aquello que les acontecía.

La visión de aquella familia: cuatro hijos y el matrimonio viviendo en aquella mansión próxima a la playa que nunca había sido reformada y que por tanto conservaba intacta cada habitación, cada mueble, cada ventana, su aroma a pino viejo, sal marina, café tostado, espliego, manzanas asadas... Las risas de los niños rebotaban aún en las paredes junto a los gritos de Valeria intentando sofocar las travesuras de aquellos enanos.

Ensimismado en sus recuerdos no había escuchado unos golpes en la puerta que insistentemente alguien desde afuera llevaba ya un buen rato tratando de avisarle de su presencia. Los golpes subieron lentamente de volumen hasta convertirse en un molesto y pesado aporreo que terminó por escuchar. 
Abrió la puerta principal y se sobrecogió ante la visión, le pareció ver a Liborio, aquel muchacho que murió de una pulmonía mal curada el mismo día que nació Enzo, el tercero de sus vástagos, aquella defunción se le quedó en la memoria grabada para el resto. Bien es verdad, que ya tenía dificultades con la vista, pero aquella presencia estaba envuelta en un halo luminoso que le dificultaba aún más enfocar la mirada. Creyó que podría tratarse de alguna alucinación, sin embargo tenía un ramo de flores en las manos que Liborio se lo acababa de entregar. Intentó hablarle pero en aquel instante desapareció sin conseguir su propósito.

¿Quien seguía acordándose de él si estaba hecho un vejestorio? ¿Por qué había elegido a Liborio para traérmelas si ya estaba muerto?... Ninguna de las preguntas tenía una respuesta razonable.

—Liborio me acaba de entregar este ramo de flores y no acabo de entender por qué a mi y quien se lo ha dado. No te pongas celosa mujer, que ya no estoy para esos trotes y todas mis amantes ya han fallecido como bien sabes. Voy a buscar el búcaro de cristal donde solías poner esas flores silvestres, como estas (¡qué casualidad! pensó) cuando llegaba nuestro aniversario de bodas o era domingo. Ya sé que también hoy es domingo, pero tú ya no estás y Liborio tampoco. ¿No será que me estoy volviendo loco y he vuelto a tener una alucinación como la del otro día cuando te vi sentada en la cama acariciándome la frente?... Las pondré en la mesa del comedor para que las contemplen los chicos cuando vuelvan a visitarme. Bueno, deja que te de el beso de buenos días que ya me voy a acabar el desayuno y no quiero que me mires con malos ojos, ya sabes que siempre te quise a ti, aunque tú me reprocharas que tuviera algún lío con otras. ¡Era tan joven y tan guapo, que las tenía a todas comiendo de mi mano y eso ya sé que te desesperaba hasta rechazarme en la cama! Pero mujer, siempre fuiste la única que amaba y de eso te aprovechabas cada vez que me retirabas la palabra o me dejabas solo meses enteros cuando te ibas a casa de tu hermana. 

Por la tarde comenzó a caer un buen aguacero que no acababa de cesar mientras un viento huracanado levantó las tejas arrastrando parte del tejado e inundando la vivienda hasta tal punto que el bueno de Andrés temió por su integridad física, un tabique se le había venido encima mientras estaba fumándose un pitillo en el comedor. Su cuerpo inerte se había quedado incrustado bajo los escombros y el agua que ya inundaba la vivienda.

Asombrado de la levedad que le envolvía logró incorporarse sin ninguna dificultad, liberándose de los cascotes de cemento y piedra que le aprisionaban, sin esfuerzo alguno los apartó a un lado y manteniéndose erguido se fue derecho hasta el dormitorio para llamar por teléfono. Todo fue inútil, no daba ninguna señal. La lluvia afuera continuaba ininterrumpidamente y dentro de la vivienda el agua cubría cerca de cincuenta centímetros. Le extrañó que no notase tampoco el roce del agua en sus pantalones manchados con una mezcla de barro y sangre, pero algo le impulsaba a marcharse, a dejar para siempre aquel lugar. Tenía la mente demasiado lúcida y un inmenso bienestar se iba adueñando de él. Miró alrededor y se fue directo a la repisa de la cocina para llevarse el retrato de Valeria, que se había salvado milagrosamente, ya que la mayoría de los enseres domésticos se hallaban cubiertos de fango y estaban destrozados.

Al salir a la calle se extrañó de encontrarse con mucha gente que hacía años había perdido de vista, parecían más jóvenes y felices que cuando los había tratado. Algunos lucían ropas demasiado antiguas o que ya no las usaba nadie. Otros parecían ausentes sin observar aquel paisaje desolador: todas las viviendas en ruinas y llenas de barro, inundadas por aquel torbellino enmarañado que arrastraba montones de cadáveres, ramas y escombros.

Subió la cuesta sin atisbo de aquellas molestias en las rodillas debido a la artritis y en medio de la penumbra apareció ella, Valeria, quien se fue aproximando sonriente dispuesta a fundirse en un abrazo.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados